El Sr. Conejo, la Sra. Zorra y el espantajo

QUERIA a todo trance la Sra. Zorra hincarle el diente al Sr. Conejillo, pero éste era tan vivo y taimado que siempre tenía modo de escapar de las asechanzas de su enemiga. Así, pues, cambiando de táctica, quiso la Sra. Zorra hacerse amiga del Sr. Conejo, y un día le convidó a comer en su compañía, invitación que rehusó aquel solapado, pues olía que su tierno cuerpo se convertiría en sabroso plato del festín.

Escamada la Sra. Zorra, ideó otro plan ingenioso. Fuese a casa de un Zapatero, y robándole una cazuela llena de pez embadurnó con ésta un espantapájaros, que estaba enclavado al pie de una colina, y cerca de un matorral de zarzales.

Hecho esto, se agazapó detrás del matorral en espera del Sr. Conejillo.

Pasaba éste por allí brincando y cuando vio el espantajo, quedó admirado y sentándose sobre sus patas traseras, dijo afable y cumplido

               – ¡Muy buenos días! Hermosa mañana, ¿eh?

Como es de presumir, nada contestó el muñeco.

               – ¿Estás sordo? Si es así, te lo diré más fuerte.

Dióle, pues, otra vez los días el Sr. Conejo a gritos: mas el espantajo siguió en silencio.

Entonces, guiñando maliciosamente el ojo, acercósele y levantando una patita, le empujo suavemente. ¡Nunca lo hubiera hecho! Al querer retirarla le fue imposible pues se había quedado adherida a la pez.

               – Suéltame te pego- le gritó colérico el Sr. Conejo – y diciendo así le dio con la otra pata que corrió la misma suerte que la primera.

Enfurecido más y más daba, el conejo fuertes sacudidas quedando así todo el prisionero del espantajo.

               – ¡Hola, señor Conejo! – le dijo en tono de zumba la Sra. Zorra, saliendo de su escondite. – ¿Qué os sucede tan de mañana? – Y de gusto se revolcaba a carcajada suelta sobre la hierba – Supongo que vendréis a comer conmigo. Hay conejo asado. Con que esas tenemos, ¿eh? Ya no me jugaréis malas partidas, granujilla. ¿Quién os ha mandado trabar conversación con este señor? ¡Lo único que siento es que vais a pasar un poco de calor, cuando yo haya recogido unos cuantos rastrojos para hacer fuego!

Escuchóla tembloroso el pobre Sr. Conejillo Y al fin le dijo en tono humilde:

               – No me importa, señora Zorra, lo que hagáis conmigo, mientras no me arrojéis entre esos espinos que están ahí.

               – No, no os asaré: no quiero tomarme el trabajo de buscar la leña; prefiero ahorcaros.

               – Ahorcadme o tiradme al río; todo me es igual. Pero, por compasión no se os ocurra la mala idea de arrojarme entre esos abrojos.

Era tal la inquina que la Sra. Zorra tenía al Sr. Conejo, que, dándole un fuerte tirón del rabo, le hizo caer entre aquellos zarzales. Hundióse el Sr. Conejillo en el matorral y viendo la Sra. Zorra que los ramajes se agitaban demasiado, acercóse a ver lo que ocurría. Estaba atisbando curiosa cuando oyó que alguien la llamaba desde la altura de un altozano, y volviendo la cabeza vio al Sr. Conejillo que estaba sentado sobre un tronco, peinándose con una astilla su pegajosa piel.

Señora Zorra – he nacido entre matorrales y entre matorrales he vivido le gritó el Sr. Conejo riéndose y haciendo una pirueta y desapareció más ligero que un rayo.

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